Han pasado cosas, hace una hora, tal vez dos horas, acaso fue ayer porque ahora es muy temprano y estás caminando por la larga playa vacía junto al suave runrún del agua contra la arena y tienes conciencia en ese preciso momento de que todo es una exacta equivocación, tengo motivos para creer que esa es la razón que me ha traído hasta aquí, que haya pasado algo, a esta playa, aunque del mismo modo tengo motivos para creer que no hay ninguna razón por la que me encuentre aquí ahora paseando tan temprano por esta playa sin nadie, apenas un perro a lo lejos que se habrá perdido y la sed lo trajo hasta aquí, hace unos días leí sobre el movimiento situacionista, un juego de acontecimientos, supongo, eso es lo que me ha traído hasta aquí, emborronado frente al mar que a estas horas se me representa como una lámina de metal brillante, pues el sol le cae en perpendicular, muy en perpendicular, dorado, apacible, como las olitas estas que susurran contra la arena un canto de salitre inmemorial que sabe a fenicios, a griegos, a piratas berberiscos, a boquerones en vinagre, así yo, ahora aquietado contemplando esa inmensidad de animalote retozón, es  asombroso, lo he contemplado otras veces tan diferente, enfurecido, desatado, ruidoso de espanto, negro, amenazador, bramando contra quién sabe qué, la gente se asomaba a verlo así, a tomar conciencia de la fragilidad de nuestro propio ser, hundirse uno en el subconsciente que puede ser cruelmente fracturado en menos de un segundo, eso es, el perro ha desaparecido, a cambio brotan unas figurillas humanas al final de la playa, la cosa me echa para atrás, preso de mis antiguos reflejos profesionales giro hacia mi derecha y le doy la espalda al mar, lo dejo lamiendo la arena y me apuro para adentrarme en las calles, poner cara de sonámbulo, evitar un encuentro, haces eso con una habilidad pasmosa, décadas de adiestramiento autodidacta, a buen paso doblo las frescas esquinas y me miro de reojo en los apagados escaparates, te dices que algo pasó, pero no sabes qué ni cuándo con exactitud, nadie lo sabe, ese ahogo, mejor no hacerse preguntas, aparentar normalidad, ponerse el disfraz cotidiano para avanzar, pero, hacia dónde, buscar una zona neutra, clavarse a un sitio en donde pintarse un espíritu y ser luego ese espíritu por el que se te reconozca, sin un cambio brusco, convertirse en otro muy distinto, ser un árbol, contemplar cada día los itinerarios de los otros espíritus que seguramente están aquí por el mismo motivo por el que estás tú, te dices eso sin convicción, pero está bien decírselo, que haya un bosque cerca y un camino por el que cabalguen jinetes con los que nunca podrás entablar una conversación, absortos sobre sus monturas para ocultar algún tormento, y que haga frío, mucho frío de noche para que la chimenea imaginaria sea alimentada con avidez, esperar las ascuas al amanecer, es decir, al siguiente amanecer que no va a alterar nada y acabará alterándolo todo abruptamente, pero ese vacío en tu memoria, ¿pasó algo?, ese precipicio a lo lejos parpadeando, llamando tu atención, y tú con ese ademán sonámbulo tratando de esquivarlo, de esquivar esa voracidad que le supones, y le supones bien porque es muy probable que te convoque a rendir cuentas y te espere una amarga caída antes de infectar tu mente con duros ejemplos de realidad, te inoculará el virus de lo irremediable en ese inventario de errores que ha sido tu vida y mi vida y la vida de todos, encima unas nubes redondas y blancas como esculpidas en un algodón aséptico que se desplazan como un zepelín purísimo hasta deshacerse en las montañas, hacerse pedazos en las cumbres filosas de las montañas de tu pensamiento, en ese momento decido desocuparme de esta, al parecer, huida, así que me encamino hacia las afueras, hay caminos polvorientos esperándome que conducen hasta los matorrales y allí se convierten en indecisos senderos que son recorridos de noche por las alimañas en busca de sus quehaceres, depredar mayormente, hay que matar para conseguir alimento para las crías, sacarlas adelante, pequeñas alimañitas dulces que en unos meses harán el mismo recorrido o actualizarán otros recorridos con el fin de matar para que el ciclo sea infinita y brutalmente redondo, qué ideas disparatadas, no sé si lloro o sueño o concibo todo esto con alguna lucidez, lo que sí sé es que es absolutamente necesario que siga adelante, sin descanso, o con el mínimo descanso, me es imprescindible para recobrar la voluntad y el valor para enfrentar la noche, una noche negra y enorme como el fondo de un ojo negro y enorme de una vaca bella y dulce que exhala su aliento de heno a tu cara adormecida y te lame, y te lame, y te lame con un cariño desprovisto de conciencia, que no pide nada a cambio, nada a cambio, nada a cambio, caes rendido, dormido sobre cualquier sitio.

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